Las enseñanzas ecodélicas de La Isla Virgen

El verdadero “Avatar” guayaco antes de James Cameron.

Adrián Guerra Layana

7/29/20265 min read

Transcurrió más de 1 año desde que produje la primera parte de esta serie ambientada en el Golfo de Guayaquil.

En mi primer artículo, conocimos a Don Goyo (1933), obra del Demetrio Aguilera Malta, la primera novela ecologista de Ecuador.

En esta ocasión, reseñaré una novela más oscura, La Isla Virgen (1942), cuya trama es la continuación tras la muerte de Don Goyito Quimí.

En ella hay un anhelo ecodélico de unión con el Golfo, como lo expresa el marino Modesto Chamaidán:

A veces, a él mismo le extrañaba no tener aletas y escamas, no ser siquiera por un instante un pez. Hubiera dado cuanto le pidieran por lograrlo. Así hubiera jugado con los bufeos; hubiera saltado entre ellos, sabiendo de sus generosidades y de su alegría; hubiera buscado a los tiburones y a los catanudos, a las rayas y a las tortugas. Los hubiera desafiado a batallas terribles, que tiñeran de rojo las aguas turbulentas. Solo así desfogaría ese apetito de lucha que le dinamitaba las venas. Solo así se hubiera identificado con el deseo infinito de ser un hombre --pez. Solo así hubiera penetrado con los ojos expertos en el fondo del río; lo hubiera saboreado íntegramente, sabiéndolo suyo, sintiéndolo crecer por todos sus sentidos, como una sábana de cristales movedizos...... El dolor de no ser pez; la pena de andar bamboleando sobre las cubiertas; la angustia de sentirse pegado a la tierra --a pesar suyo -- como los otros hombres, era lo único que envenenaba su alegría de andar por las rutas maravillosas del agua, del sol y del viento.

Sin embargo, para el guayaquileño don Néstor —protagonista de esta novela—que llega a la isla de San Pancracio, para colonizarla, lo que hay es una búsqueda de sometimiento, como si la isla fuera una especie de diosa maldita.

El descendiente de los aventureros españoles, el triunfador de antaño, poderoso y fuerte, despierta en su espíritu. Y, con la misma facilidad, vuelve a ser dueño de sí mismo. Puede hacer lo que quiera la Isla. El, acepta el duelo. La vencerá. La dominará. La hará suya, eternamente suya. Para eso nació macho. Y para eso aprendió a vencer desde el día en que nació: “Ah, San Pancracio, serás mía. Mía, por fin! Puedes hacer horcas, de tus bejucos, para torcer mi cuello; puedes desarticular los millones de brazos colosales de tus árboles; puedes hacer cubrir la marea de tus esteros; puedes inundar mis desmontes, hundir mi casa, ahogar mis hombres; puedes desencadenar los jaguares y los burriquillos de melena encabritada; puedes enseñarme las hileras agresivas de los colmillos de los saínos o de las tintoreras; puedes lanzar tus oleadas de mosquitos o puyones!......No temo a tu paludismo ni a tus disenterías. Si hay seres desconocidos en la tupida fronda de tu selva me río de ellos! Puedes moverte tú mismo, como un cetáceo gigantesco; puedes hasta huir de ese archipiélago. Yo seguiré sobre tí, a tí encadenado, como tu propia sombra! Acepto el desafío! Serás mía! Mía, por fin!.....

Pasajes como éste muestran que la sensibilidad panteísta (que sin duda la tiene don Néstor) no lleva siempre a una actitud de amor y cuidado.

Don Néstor lucha por recuperar su status, tras la ruina económica de las cacaoteras, sembrando en la isla un cultivo inapropiado (el algodón). Quiere ser cordial con sus trabajadores, pero, en un ataque de prepotencia, mata al viejo Melgar.

Este acto injustificable lleva al hijo, Pablo Melgar, a rebelarse y a volverse un despiadado pirata despechado …

Con el tiempo, y si bien surgen dificultades como la muerte de trabajadores por malaria y por el tigre (el jaguar), y hasta apariciones de fantasmas, don Néstor topa con Esperanza, formidable vaquera, hija del hacendado manglero don Merelo. Ella le corresponde, y don Néstor se siente fascinado e incluso integrado con el ecosistema de agua-tierra:

— ...Tiraré el anzuelo, la atarraya, el arpón y la fija. Sabré atrapar a los cangrejos y las simbocas en sus huecos profundos. Conoceré los hacinamientos de las conchaprietas, de las michullas, de las lloronas y de los mejillones. Por el aletazo y por la estela identificaré, desde muy lejos, a las rayas, y a los catanudos, a los parbos, a los ureles, a los robalos, a las tortugas, a las corvinas y a los pámpanos. Podré caminar en el último recoveco del fango. Por las manchas del cielo y por la intuición de mi nariz alerta, sabré la ruta de los vientos y sabré si las parvadas de las aves son de pavas, golondrinas o pericos. Penetraré como una raíz interminable en el corazón de la tierra y en el corazón del agua.

— Ojalá así sea, Patrón. El hombre es como el mangle. Tiene que agarrarse con pies y manos al bajo en que se queda. Si no, se lo lleva la corriente......

— Así creo que voy a ser yo también, Guayamabe! Noto que los pies y las manos se me alargan. Noto que me crecen bejucos en las puntas de los dedos. Bejucos que poco a poco me van atando en estas tierras.. ... Si tú supieras, Guayamabe! Las pisadas que ahora doy en la montaña, me suenan adentro, como si fueran latidos en mi propio pecho. Cuando suben las mareas de los esteros, siento que sus aguas me crecen en la existencia, enrrollándome en el torbellino de sus ímpetus. El último yerbajo que se corta me duele, como si fuera hermano mío, como si su verde savia tuviera trasuntos de mi sangre...... Creo que, por fin, estoy venciendo a la isla, Guayamabe! No ves como todo está cambiando, como todo es hoy distinto? No ves como están los algodonales? No hay sitio donde se pueda poner la mano. Son puras bellotas. Ya verás como pronto se transforman los desmontes en una sábana blanca, completamente blanca. Como si la tierra empezara a hacerle competencia al cielo!

— Ojalá, Patrón.

Esta conversación transcurre, mientras don Merelo va de isla en isla en la balandra capitaneada por don Modesto, reclutando trabajadores de explotación. Al regreso, don Modesto se trastorna por ser cómplice de tal injusticia, y deja que la balandra se vaya al garete, cumpliendo así su sueño de fusión oceánica….

Muchos isleños vieron a la balandra convertirse en barco fantasma…

Tras la pérdida de su barco, y la muerte de su (casi) suegro y de sus nuevos trabajadores, don Néstor recibe el baldazo de agua fría del rapto de Esperanza por parte del pirata Melgar… Sus cultivos, además, habían quedado destruidos por vientos helados.

La tragedia total de don Néstor es una muestra del fracaso guayaquileño, que si bien no logró colonizar el Golfo, sí generó un clima de explotación y desprecio al cholo que condujo al auge de la piratería que aún hoy trastoca el relacionamiento con las islas…

Si queremos entender por qué estamos tan desconectados con el inmenso golfo, debemos leer La Isla Virgen (1942), de Demetrio Aguilera Malta…

Ahora bien, en la escena final, al borde de la muerte de don Néstor, brilla una chispa esperanzadora, cuando el ex burgués agonizante confiesa: “He estado ciego! Todos los míos han estado ciegos! La lucha con mi casta ha terminado!....Los que vengan en pos de mí, nacerán de la tierra! Fluirán lo mismo que un río, lo mismo que la savia de los árboles.”

Por amor a mis lectores, los insto, lean esta maravillosa y visionaria novela. Así como don Huayamabe, creo que: “Hay que tener paciencia. La tierra sólo es de los que tienen paciencia...... La tierra es de todos y para todos."

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